El Cielo Vacío

por | 4 mayo, 2017

ANSELMA FRENTE AL MAR

Anselma se había sentado sola frente al horizonte. Temblaba. Las golondrinas sorteaban con agilidad la breve cortina de lluvia que comenzaba a caer y las nubes llenaban el cielo de manchas blancas como si fueran hongos sobre una piel. Anselma lloraba. Se había dado cuenta de que únicamente era la amante de aquel hombre; que solo era la otra, la innombrable. Sentía vergüenza, él lo sabía muy bien. Aquel hombre alto, enjuto y poco hablador, sabía a la perfección que la había convertido en una mujer sin nombre, sin identidad real, igual que un espectro. En el sermón de los domingos le gustaba hablar de la ternura de dios, de la equidad del altísimo. Le gustaba hablar de la oscuridad y de la luz, y de cómo algunas personas se enfrentan a la vida portando una antorcha y como otras sobreviven encerradas en sí mismas. Anselma no entendía la vida sin él después de haberle regalado todo lo que ella era hasta quedarse vacía. Pero había decidido seguir adelante. Y sentada allí, sobre los callados, frente al mar, el alzacuellos que él le había regalado, igual que una mano invisible cura una herida abierta y luego desaparece, se perdió entre las olas para siempre.

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